Vivencias y experiencias de una profesión con mucho color.

Muchas veces me preguntan cuándo y cómo decidí hacerme maquillador. 22 años después, recuerdo perfectamente cuándo lo tuve claro, y sobretodo, me acuerdo de la reacción en casa cuando lo dije a mis padres. Tenía 19 años, estaba estudiando COU y hasta el momento, quería ser arquitecto. Qué paradoja, pensaba que diseñaría edificios, o viviendas, y finalmente, he acabado diseñando rostros…

Volvía del instituto y a la hora de la comida, fue cuando se lo conté. No esperé ningún momento en particular, simplemente lo dije. Aún recuerdo  la cara de mi madre, (todo un poema). Yo tenía claro que antes de estudiar y especializarme en maquillaje, quería estudiar estética. Conocer las pieles y los tratamientos para mejorarlas y embellecerlas, me parecía fundamental para poder ser después un buen profesional del maquillaje. Así que mi madre pasó de imaginarme como arquitecto a imaginarme como esteticista…  He de decir que a día de hoy está muy orgullosa de mi elección, sobretodo, porque es consciente de lo feliz que me hace mi trabajo. Al fin y al cabo, ser feliz en tu profesión es un regalo y ella es muy consciente de ello.

Después del “Shock” inicial, me lo pusieron muy fácil. Mis padres me dijeron que buscara escuelas donde estudiar lo que quería y que después viera la posibilidad de especializarme en maquillaje. Y así empezó todo.

De todas formas,  el interés por el maquillaje empezó a fraguar mucho antes. Incluso mucho antes de que fuera consiente de ello.  Vino de manos de una de mis mejores amigas, Mª Ángeles. Cuando nos conocimos, ella era bailarina profesional. Recuerdo perfectamente cuando quedábamos y tomábamos  nuestros cafés con galletitas, y ella empezaba a maquillarse porque tenía función. Me parecía increíble ver como, mediante el uso del color y de sus pinceles, iba mejorando la forma de sus ojos, la forma de sus labios, las cejas… El maquillaje que realizaba era escénico, mucho más intenso que el maquillaje social y por consiguiente, mucho más visual y colorido. Las tardes pasaban volando, entre risas y pinceles, sombras de ojos, glitter, labiales…  Recuerdo perfectamente el día que le dije que quería probar a maquillarla, ella ingenua como yo, aceptó sin pensárselo y el experimento acabó en un ataque de risa y con su desmaquillante por toda la cara porque el resultado fue tan catastrófico que tuvo que empezar de nuevo. Esta vez, eso sí, yo no participaba. Volvía a ser espectador de su magia.

Cuando le comenté que quería estudiar maquillaje y especializarme primero en estética, se alegró muchísimo y le gustó tanto la idea que decidió estudiar conmigo porque este “loco” mundo de colores y pinceles a ella le apasiona tanto como a mí.

Gracias a su decisión pude estudiar. Aunque parezca muy extraño, veinte años atrás, no permitían estudiar estética a los chicos y sólo si estudiaba con una amiga podría matricularme. Qué raro suena ahora, ahora me parece impensable y en ese momento me pareció hasta normal…

Así empezamos a estudiar, todas las tardes, de cuatro a ocho, recuerdo las caras de todas mis compañeras el primer día: un mezcla de asombro y curiosidad a partes iguales, y yo, hecho un flan, pensando si había tomado una buena decisión, si no me estaría equivocando…

No hizo falta mucho para darme cuenta que no me había equivocado, en pocas semanas descubrí un mundo que me apasiona del mismo modo hoy como entonces. He de decir que mis compañeras, y muchas de ellas, todavía hoy amigas, me lo pusieron muy fácil. Eramos un grupo muy heterogéneo, teníamos edades muy variadas, orígenes muy variados pero teníamos un nexo en común, un lazo invisible que nos unió: la pasión por la estética y todo lo que ella conlleva. No había tarde que no tuviéramos risas, que no nos pasara “algo” o que provocáramos alguna “catástrofe” que acababa en más risas. También es muy importante reconocer que esta pasión nos fue contagiada por profesionales y docentes que nos enseñaron a amar este trabajo tanto como ellas lo hacían entonces. Carmen, Betina y Alicia J. fueron mis profesoras de maquillaje. Cómo disfrutaba en sus clases, cómo me enseñaron los secretos del maquillaje desde un punto de vista mucho más técnico de lo que jamás pude pensar.  Hoy aprovecho estas líneas para darles las gracias. Por darme y mostrarme “mi camino”, por aconsejarme y cuidarme como lo hicieron. 

Recuerdo también a  mi querida Encarna. Ella me enseñó a “ver con las manos”, a hacer masajes que ayudaban a “curar el alma”.  Imaginarme sus manos trabajando sigue siendo a día de hoy, un recuerdo maravilloso. Entre cremas, aceites de cuerpo, brochas y maquillajes terminamos el curso y entonces fue cuando ocurrió algo que también definió mi futuro profesional.  En la escuela vieron desde el principio mi pasión por el maquillaje, y su directora, cuando terminé de estudiar, me propuso enviarme a formarme a Barcelona para perfeccionarme y convertirme después en profesor de su escuela. 

De pronto, en bandeja de plata, tenía resuelto dónde seguir estudiando. Y por ende, tenía trabajo cuando terminara. No podía creerlo… Recuerdo cuando llegué a casa, cuando lo conté a mi familia, cómo se alegraron, me acuerdo de la sonrisa de mi padre. – Resulta que al final sí que va a ser su futuro. Al final resulta que el “chiquillo” a encontrado su camino- Es lo que pensó, es lo que leí en su sonrisa. Me acuerdo perfectamente. 

Casi vente años pasé en esa empresa pero no como maquillador, si no como profesor de maquillaje. Es curioso, jamás pensé que la docencia sería otra de mis grandes pasiones. Y hoy sigo  disfrutando de la enseñanza como el primer día. Ver cómo poco a poco, tus alumnos empiezan a adquirir la técnica que les enseñas, los secretos, los colores, ver cómo se van desarrollando como maquilladores y apreciar mis hábitos en ellos, me resulta increíble, me resulta casi mágico.  Es adictivo, sobretodo cuando tiempo después, te vienen a buscar y te cuentan que han consiguiendo su objetivo: el maquillaje es su profesión, y disfrutan de ello con pasión, esa pasión que yo siento y que en cada alumno, en cada curso, trato de contagiarles. 

Y así, casi sin darme cuenta, he pasado la mitad de mi vida, entre pinceles, colores, sombras y maquillajes.  Envuelto en colores y enamorado de ellos. De los colores de la luz y de los colores del pigmento. Entendiéndolos y adaptándolos a cada persona que los necesita cuando tengo que maquillarla. Presentes en mi día a día, forman parte de mí y he de decir, que me encanta que así sea.

Quiero aprovechar para dar las gracias a los que creyeron en mí, pero sobretodo, a los que no lo hicieron. Los primeros me apoyaron, los segundos me dieron fuerza para conseguir mi objetivo: hacer de mi pasión, mi profesión y hacer que mi día a día lleno de colores, haga que la vida sea tan colorida como bonita.

GRACIAS Carmen y Laura. GRACIAS Omaita. Y en especial gracias a ti Miguel.

Mi amiga Laia hizo una interpretación de mi vocación que me emocionó, me resultó tremendamente reveladora, y quiero aprovechar para compartirla con vosotros. 

Mi padre, ahora jubilado, fue montador óptico. Arreglaba gafas, y con sus manos, hacía que las personas vieran mejor. Su hijo, maquillador, con sus manos hace que las personas se vean mejor. Laia me dijo que mi vocación era una dedicatoria “de libro” a mi padre. Seguramente crecer viendo lo que hacía con sus manos, me ayudó a decidir a hacer lo mismo con las mías. Las manos y la mirada. Dos profesiones bien distintas pero con un paralelismo, bajo mi punto de vista, tremendamente emotivo.

Gracias Padre.